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La agricultura ecológica como terapia

La agricultura ecológica como terapia

Por Joaquín Araujo

Naturalista, escritor, excelente comunicador, recibió el premio Global 500 de las Naciones Unidas, el mayor galardón mundial de medio ambiente.

Aprender a observar y respetar a la Naturaleza convierte en regalo el mandamiento de amar al prójimo y a todas las criaturas como a ti mismo, en una curiosa paradoja en la que el tiempo empleado rejuvenece, lo no comido sana, lo no gastado en contaminar y en destruir nos enriquece, y el cuidado del otro –en este caso el elemento tierra– nos libra de grandes problemas a nosotros y a las generaciones venideras.

Nadie en la Naturaleza quiere usar de forma dramática al tiempo y en consecuencia el tiempo se convierte en un aliado creativo. El querer destruir la acompasada y rítmica sucesión de los ciclos naturales, muchas veces se salda con la devastación de lo que pretendíamos sanar o alimentar. Por otra parte, esa violencia que supone quererlo todo muy rápidamente alcanza sus máximos cuando nos centramos en la alimentación, porque entonces se vuelve precisamente contra nuestro propio cuerpo. Se trata del culatazo desmedido, casi tiro por la culata, que ocasiona toda prisa.
La urgencia de los rendimientos crecientes en el menor tiempo posible tiene algunas vinculaciones con lo culturalmente aceptado como mejor dentro del campo de la alimentación. Realmente, la locura de las vacas locas es una emanación directa de la extraordinaria locura por una alimentación no sólo rápida, sino también básicamente carnívora o preferentemente carnívora. Por cierto exclusiva, o casi, de una parte de las sociedades de este Planeta.

El haber querido vincular el nivel de vida a la dieta cárnica, como se ha hecho de forma verdaderamente intensa y con no pocos aciertos por parte de la publicidad tanto subliminal como directa, es una de las cuestiones que nos han situado en el punto en el que estamos. Más grave todavía me parece la miseria intelectual que vincula el consumo de carne con el coeficiente intelectual o con la aparición de la inteligencia en el proceso evolutivo. En ese caso Gandhi, Buda o los millones de vegetarianos voluntarios u obligados del planeta deberían haber sido o ser poco menos que cretinos.

Recordemos una cifra. En estos momentos en que sabemos que sigue existiendo ese horizonte de hambrunas en el mundo pensemos simplemente que el balance energético final de una alimentación carnívora se sitúa en unas 2.500 veces más de gasto energético final que el de una alimentación vegetariana. Actuar de forma recíproca con el entorno.

En cualquier caso, conviene también plantearnos nuestros modos, maneras, técnicas y objetivos a la hora de manejar el entorno, ya que el entorno más manejado es precisamente el agrícola. Desde un punto de vista del porcentaje, podríamos decir que con la excepción de la práctica cinegética, no hay nada que en ningún país del mundo ocupe mayor cantidad de territorio y que pueda tener más número de contactos con el derredor, que la actividad agraria y ganadera. Todas las otras actividades suelen quedar mucho más concentradas en el tiempo y en el espacio. Por eso las actividades del sector llamado primario tienen mucha vinculación con lo que consideramos relaciones amistosas o relaciones agresivas y violentas con sus sustratos. No menos crucial resulta para el conjunto ambiental el tipo de prácticas agrarias y ganaderas. De ahí que las contaminaciones y los procesos erosivos derivados de los modelos de explotación de la tierra sean denominados difusos.

Acaso fuera mejor denominarlos dispersos, generalizados, incontrolados, incluso con capacidad de alcanzar nuestra intimidad a través de la alimentación. Pero no menos son un completo reflejo de creencias arraigadas. Es decir, que a la larga, o a la corta, nos comportamos de la misma forma con nosotros mismos que con los suelos, los bosques, los animales que nos van a alimentar o con las plantas que se van a incorporar a nuestro organismo –cediéndonos por cierto la energía que atraparon a partir de la fascinante combinación de agua, sol y nutrientes de la tierra–. Todo ello además va a ser una -la-agricultura-ecologica-como-terapiasuerte de teatro de ensayos para nuestro comportamiento con lo demás y los demás.

Es algo que visualizó perfectamente Pitágoras, que expresó de forma clara la idea, tantas veces comprobada, de que según nos comportemos con los animales y las plantas nos vamos a comportar también con nuestros semejantes.
En ese aspecto me parece oportuno dar simplemente unas cuantas pinceladas de datos cuantitativos. En estos momentos la actividad agraria se salda con muchísimas víctimas de todo tipo, pero fundamentalmente víctimas de nuestro propio colectivo humano.

Si la Organización Mundial de la Salud no se equivoca en exceso, la utilización de entre 5 y 26kg de insecticidas per cápita en nuestro mundo se salda aproximadamente con unos 3 millones de intoxicaciones directas de humanos y con unos 3.000 muertos.

Es sólo la punta de la cuestión, por debajo de la línea de flotación tenemos infinitas pistas de que existe una clara relación entre ese contaminar aguas, aires, suelos y por supuesto alimentos y el desbocado aumento de algunas enfermedades. Situación casi incomprensible desde el momento en que hay una solución para los priones, la erosión de los suelos, la pérdida de diversidad genética, y la pésima calidad de la alimentación que es otra de las secuelas con las que se salda la práctica de la agricultura convencional.

Y todo este lío para qué Recordemos simplemente que la mitad de la cabaña ganadera del ámbito mediterráneo está en peligro de extinción. No menos grave es el dato, proporcionado por los científicos norteamericanos, de que el 98% de las variedades de verduras históricamente cultivadas en aquel país ha desaparecido. O que el 80% de las variedades de cereales que son básicos para la alimentación humana también se han perdido.

En cualquier caso, todavía más asombrosa, literalmente desgarradora, es la evidencia de que se ha dado una extraordinaria voltereta, prácticamente un triple salto mortal, porque de acuerdo con los estudios de la Universidad de Cornel todo lo que se ha conseguido con la introducción de química masiva en los cultivos, prácticamente se salda con un balance final con resultados muy parecidos, en cuanto a los rendimientos finales, a los que se obtenían antes de la era química en la agricultura.

Se acepta en este sentido que antes de la generalización de los pesticidas se perdía en torno al 30% de las cosechas. Si ahora hacemos un mismo balance la diferencia entre uno y otro porcentaje de producción final oscila, según países y cosechas, entre un 0 y un 4 o 5%. Para mejorar o empeorar, según se coloque uno en el lado de la agricultura ecológica o en el de la agricultura química, pues hemos dejado una secuela de destrucción en las tramas vitales, una secuela de contaminación en los aires, en las aguas, en los suelos, en los cuerpos de los seres humanos. Porque, de acuerdo con el propio Ministerio de Sanidad de Francia, cada uno de los ciudadanos de aquel país, introduce en su organismo todos los años de 3 a 6kg de sustancias químicas que nada tienen que ver con la alimentación.

Todo lo afirmado hasta aquí olvida o desprecia el proceso de la fertilidad natural y el de la vida en general, cuando son prácticamente sincrónicos, equivalentes, intercambiables y mutuamente dependientes los unos de los otros.

En consecuencia, la apuesta por el respeto al proceso de la renovación y de la continuidad de la vida es lo que probablemente más se nos escapa, encajonados por la creencia en una sola dirección, en una línea recta que lleva a toda velocidad hacia lo que nada garantiza.

La alternativa es clara, cuenta con varios millones de productores y decenas de millones de consumidores. Es la agricultura y la ganadería ecológicas. Basadas en el modelo que proponen los propios sistemas autónomos y cíclicos de la fertilidad y el crecimiento natural.
Bastaría con una estancia en un huerto ecológico o en el seno de un bosque poco intervenido por el ser humano para adentrarnos en una de las facetas más complejas, sorprendentes, aleccionadoras y por tanto capaces de introducirnos en la verdadera comprensión de lo que supone el funcionamiento de lo espontáneo.

Tanto es así que la mejor aula para el estudio de la llamada cultura de la sostenibilidad es, al parecer de muchos, un huerto ecológico. Incluso mucho más que un bosque primario o natural. Porque en una actividad agrícola bien llevada hay que contar no sólo con las aportaciones de lo espontáneo, sino también con la intervención humana, para precisamente aprovecharlas sin herir a los procesos y espacios que la hacen posible. Un insuperable ejemplo a disposición de todos La fertilidad natural es uno de los mejores ejemplos disponibles de una verdadera reciprocidad, de un intercambio masivo de beneficios mutuos entre quien la crea y usa.

Algo que sirve al mismo tiempo a ingentes comunidades vivas y se mantiene en permanente crecimiento sin desmayos, porque ingresa siempre un poco más de lo que gasta. Es por tanto la otra cara de la moneda si en una colocamos el despilfarro de nuestros actuales sistemas de relaciones y sobre todo el económico. Por si eso fuera poco la fertilidad natural dispone que nadie disponga en exclusiva de la misma. Sobre todo en algunos sistemas enormes y complejos como son los por ella creados, léase bosques, praderas... Pero vayamos por partes. La fertilidad es un escenario, un proceso y unas consecuencias al mismo tiempo.

Como ámbito es el que parte precisamente de los elementos básicos para la vida y a los que ya hemos dedicado un capítulo. Hacemos referencia a la atmósfera, el agua, el suelo y por supuesto la energía solar. Sin la que nada vivo se pone en funcionamiento. El escenario es el suelo. El tantas veces despreciado mundo de lo que pisamos. Cierto es que si sobre él construyes, el mercado pone a tu disposición la posibilidad de unos millones en la moneda corriente. Pero ese suelo que contendrá sobre todo familias con sus ilusiones y desencantos, además de raquítico no produce más que gastos de mantenimiento y una irreversibilidad en cuanto a su productividad.

El suelo que acoge y renueva incesantemente algunos de los elementos esenciales para el mantenimiento de la vida y de las actividades económicas casi nunca alcanza ni una milésima parte del valor que realmente tiene, si es que se le puede dar alguno, ya que la hospitalidad y la casi reversibilidad, son condiciones supremas, poco y difícilmente restituibles de los procesos ecológicos. En consecuencia debería ser considerado como patrimonio no alienable.
Como una inmensa riqueza disponible sin gasto. Y lo que importa es que entendamos que la vida alcanza una de las más sorprendentes formas de estar que es la de conseguir aproximarse a la eternidad.

Nadie sabe hasta cuándo va a durar la vida, pero empezó hace ya casi cuatro mil millones de años y eso desde luego para la escala de cualquier experiencia humana es una eternidad hacia el pasado, no sé hasta qué punto tenemos derecho a entorpecer ese tipo de proyecto hacia el futuro, porque cuando uno cultiva orgánicamente su suelo, comprueba constantemente que no sólo se renueva la vida cada año, sino que ese elemento vital donde se hunden las raíces y del que dependemos esencialmente para nuestra propia continuidad, alcanza el no pequeño milagro de ser cada año más joven, en lugar de más viejo.

El modelo de funcionamiento de la fertilidad natural rompe definitivamente la flecha del tiempo y nosotros, introduciendo excesiva mecanización, excesivos pesticidas, –en algunas de nuestras comunidades autónomas batimos el récord mundial de uso de pesticidas– destruimos precisamente la posibilidad de que la vida sea lo increíblemente ingeniosa y creativa que es, llegando a ser cada año más joven. Pero si somos capaces de entender, respetar, admirar, asombrarnos y deleitarnos con ese proceso por el que las cosas pueden llegar a ser cada año más jóvenes, sencillamente lo que estamos decretando no es un acuerdo, sino que estamos haciendo la paz con el cuerpo común de este mundo que es nuestra tierra, y sobre todo, la paz con ese otro cuerpo que cada uno de nosotros tenemos más cerca, que es nuestro propio organismo, y que parece ser que lo queremos mucho, pero no lo demostramos.


FUENTE: La Fertilidad de la Tierra
Revista especializada en temas de cultivo ecológico